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20/9/14

Arístides Vargas: Entrevista Exclusiva. " la ética es como transformas el hecho teatral en un ejercicio de vida relacionado con la realidad"

Arístides Vargas;
el dramaturgo del exilio


Por Roberto Famá Hernández
Miembro de la Asoc. Arg. de Invest. y Crítica Teatral

Arístides Vargas vivía en Mendoza y trabajaba con algunos de los grupos de teatro locales, mientas estudiaba teatro en la Universidad de Cuyo, cuando  en 1975 tiene que exiliarse amenazado por la Triple A  a semanas del golpe militar, mientras su hermano, “Chicho” estaba preso en Trelew y toda su familia sufría persecuciones. Primero fue al Perú, al año a Ecuador, allí le retiran su pasaporte, sabe que puede ser alcanzado por el siniestro “Plan Cóndor”  no obstante,  junto a otros exiliados de diferentes nacionalidades funda el grupo teatral  “Mala yerba”  Hoy, es uno de los grupos  más prestigiosos de toda América Latina. Arístides Vargas ha dirigido también importantes grupos y compañías latinoamericanas entre las que destacan la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica, el grupo Justo Rufino Garay de Nicaragua, el grupo Taller del Sótano de México, la compañía Ire de Puerto Rico, etc. Su dramaturgia, marcada por la experiencia del exilio, es representada en todo el mundo.

Recientemente visitó Buenos Aires participando del Festival Latinoamericano de Teatro. Aprovechamos la oportunidad para hablar con él y esto nos dijo:

La teatralidad latinoamericana es muy variada, en estéticas, tradición, incluso intereses. Entendiendo esta diversidad como un valor, como un nutriente, ¿cuál es la manera mejor de aprovechar esta diversidad?

Bueno, los festivales como el que organiza aquí el Cervantes son una buena alternativa y también sirve para derribar el mito de que en Buenos Aires no interesa el teatro latinoamericano; queda demostrado aquí el gran interés del público por teatralidades que sí, son diferentes, por convenciones diferentes, códigos diferentes, y eso es algo altamente positivo, porque no existe un sólo teatro; existen teatralidades, que en la medida de que sean diferentes son más ricas y mucho más interesantes y las teatralidades se vuelven un poco permeables a los discursos de los otros y eso lo vuelve todo más interesante, mucho más estimulante que estar ensimismados.

Es importante la función de los Estados en cuanto a políticas culturales, pero cuando sólo se reparten subsidios, los artistas terminan formando un club de mendicantes ante el mostrador de un burócrata ¿Cual debiera ser, a tu entender, la función de los Estados?

Sí, mira, ahora más que nunca, los países estamos más cerca, pero también, ahora más que nunca podemos estar mucho más dispersos, por eso es importantísimo que se entienda desde los Estados, que la tarea del enriquecimiento espiritual de los pueblos, pasa por la cultura. Pero el Estado no hace cultura, debe hacer que la cultura se haga, facilitar por todos los medios que la cultura se haga.  Me parece que debe haber una interpretación política de la cultura y entender la función que tiene el teatro, que no es una función productiva dentro de un gran aparato de producción, porque el teatro es una producción muy singular, de carácter espiritual, no es de carácter material; es la producción de símbolos, de mitos comunes, de formas, y si se quiere, hasta de formas de curaciones, porque muchas de nuestras sociedades están enfermas, la historia las enfermó y para salir de eso el teatro es un arma extraordinaria.

Entonces, un arma extraordinaria, implica de los artistas un compromiso ético extraordinario, como el que ustedes tienen en “Mala Yerba” y del que te pido me comentes algo.

Malayerba en La Razón Blindada
Nosotros venimos en gira por provincias y países de América Latina, presentándonos en un montón de lugares, donde ni el teatro ni los actores son asiduos y nuestro trabajo es un ejercicio reflexivo sobre lo que nos pasó como sociedad, y ese ejercicio lo hacemos con un montón de gentes y de público que vienen de diferentes lugares y comparten con nosotros esa experiencia, que no es de carácter económica, no es para ganar dinero que se hace, tiene otro propósito que es reflexionar sobre la vida, sobre lo que nos ha ocurrido y no sólo al público le hace bien, sino también a nosotros nos hace bien. Vos sabés que yo soy parte de una familia muy golpeada por la dictadura argentina de los años 70 y desde hace muchos años yo opté por no hacer otra cosa que revisar obsesivamente el pasado para intentar curarme, abriendo la experiencia para compartirla con diferentes gentes. Y esto lo venimos haciendo en “Mala Yerba” desde hace muchos años; la ética es como transformas el hecho teatral en un ejercicio de vida relacionado con la realidad en la que vives, en la que viviste o en la que vas a vivir. Pero esto tampoco es novedoso; los griegos no hacían otra cosa que tomar el teatro como sucedáneo de la democracia, el teatro como ejercicio de pensamiento democrático, pero pensamiento sensible desde la poética con sus particularidades. Esto por un lado, pero por otro lado, el teatro no es una ficción; es otra realidad; por lo tanto el teatro es productor de realidades diferentes.

El personaje de Oscar, en tu obra “Nuestra Señora de las Nubes” en un momento dice que a él lo mataron sus vecinos, no con un arma, sino con el silencio, al callar ante lo que pasaba. ¿Todos los argentinos somos éticamente responsables de lo que nos pasó como sociedad?

Malayerba en Instrucciones para abrazar el aire
Sí. Por ejemplo, en el caso de “Instrucciones para abrazar el aire” que es la obra en la que hablamos del caso de Chicha Mariani, el problema de no encontrar a Clara Anahí, su nieta,  es un problema de todos los argentinos. Si ella no la llega a encontrar, la vergüenza para este país va a ser enorme y vos sabés que la historia siempre tarde o temprano pasa factura, y ahora los jóvenes nos están haciendo sentir  que hay que reactualizar permanentemente ese tema.

Tus obras, no sólo aquí, sino en toda Latinoamérica, están permanentemente en cartel; y vos sos muy generoso con los derechos de autor, ¿todos te piden los derechos legalmente?  ¿Cómo manejas eso?

(Ríe) Sí, algunos sí, pero yo no me preocupo por eso, las obras son de quienes las hacen, si en un pueblo perdido, como me ha pasado, encuentro a un grupo haciendo una obra mía, yo feliz, porque de alguna manera, se han apropiado de una palabra que ya no es mía.

En tu teatro casi nunca hay una referencialidad directa a un tiempo a un espacio determinado, hay  un juego de atemporalidad y de no espacio durante toda una obra y por esto muchos dicen que tu teatro es el “teatro del realismo mágico” ¿Vos estás de acuerdo con esa apreciación?

A mí no me molesta. Pero yo creo que mi escritura se inscribe en un “realismo exiliado”  Sé que no existe tal categoría, pero si hay que definirlo,  mi teatro es la palabra del exilio, por eso se lo apropia todo el mundo, porque es una palabra que se ubica no en una referencia  concreta, a un acento concreto, sino en una franja sin territorio, una franja fuera de sí y esa marginalidad geográfica, permite que todos piensen que es de ellos la obra.

Y es que hay otros exilios, ¿no?  además del político; pienso, por ejemplo,  en aquella persona que no es admitida por su condición sexual en su círculo de afectos o entorno social y marcha lejos para huir de la acusación y el castigo social.

Sí, es un exiliado. Cuando estás fuera de ti, cuando perdés tu centralidad, estás exiliado.

Fragmento de “Nuestra Señora de las Nubes”  de Arístides Vargas:

OSCAR: No, a mí me mataron.
BRUNA: ¿La policía?
OSCAR: No, los vecinos.
BRUNA: ¿Con un cuchillo?

OSCAR: No, con el silencio. Verá, mis vecinos... gente comedida: me hacía falta aceite, ellos me lo prestaban. Ellos no sabían que eran asesinos, por eso se comportaban como vecinos, lo supieron el día que me llevaron preso porque no dijeron nada; trataron de olvidar lo que habían visto y yo caí fulminado por el olvido, la desidia y el miedo, en el mismo instante en que ellos cerraban sus ventanas.

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